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13/04/2010

La estampa irreverente.

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La gran mentira que todos nos hemos creído como ciudadanos es la cantidad de bondades que nos ha de proporcionar el liberalismo económico que nos han implantado. Esta es la versión más radical del sistema capitalista que hasta ahora hemos conocido, y que no ha hecho más que destruir el concepto de estado como protección de la ciudadanía para agrandar las diferencias entre los individuos ricos y los pobres.
Nosotros como miembros de una sociedad rica estamos dejando que nuestras comunidades se transformen cada vez más, en sociedades unipersonales u/y consumistas, ajenas a todo lo que no nos afecta de forma directa e inmediata. Este tipo de sociedades no están al nivel de los derechos de que disfruta, cuando se muestran indiferentes ante la carencia de esos derechos por parte de otros, y al contrario de lo que pensamos no estaremos creando un sociedad avanzada hasta que no acabemos con la indiferencia ante las injusticias.
Este sistema de mercado actúa atrayendo hacia sí todas las disciplinas, y las pone a su servicio para controlar que no sacudan los pilares de la ideología dominante.


En el campo del arte el primer paso hacia este control se dio acabando con el mecenazgo y creando la figura del marchante, encargado de mover este negocio como otro cualquiera. Así pues, el artista pasó a estar fuera de la sociedad y pendiente del mercado como un productor alienado más. Con este posicionamiento la obra se convierte en una mercancía destinada a abastecer un mercado, basado en una interpretación errónea de la autonomía del arte, que pasa a ser la doctrina del sistema.
El resultado es un arte indiferente, fuera de su contexto histórico que crea un imaginario visual encargado de anestesiar nuestra mala conciencia de ciudadanos del primer mundo. Estamos ante la “deshumanización del arte” que definía Ortega y Gasset. Se propone una inspiración espontánea y ahistórica que es engañosa. Extrapolar el hecho artístico de su contexto histórico y social, para hablar de un arte puro, es trasformar el proceso creativo en un proceso productivo más.

 

Callot

Callot "Violinista Burlesco" (1616).


La libertad del arte para elegir su lenguaje, su poética y sus fines dentro de una sociedad, es la verdadera autonomía del arte. Por eso cuando analizamos una obra, tenemos en cuenta al autor, su estética y el contexto histórico, político y social. El artista ha de situarse dentro de la sociedad y poseer una determinada ideología que puede coincidir o no con la dominante, dando como resultado un arte ideológico y político. Es deseable que este resultado sea contestatario y no se pliegue a las demandas del poder perdiéndose en una preocupación puramente estética.
Un arte situado por encima de todo es interesado y beneficia a los grupos de poder. Sin embargo, un arte que forma parte de la vida da como resultado un trabajo marcado por unos condicionantes productivos y estéticos. El tipo de sociedad, abierta o censuradora, los medios técnicos y materiales, los medios de producción y difusión, ó el sexo del autor van a marcar la producción de esa obra. Mientras que los condicionantes estéticos, se van ha encargar de la compresión del trabajo por parte del espectador, y de la situación de esa obra con respecto a otras. El artista a su vez se ve condicionado por las personas de su entorno, por el público y por factores ideológicos y sociales. Esto desmitifica la autonomía y la universalidad del arte para mostrar los condicionantes que la construyen, integrando el arte como parte de la historia y no en un plano superior a ella.


Dentro de una sociedad los actos de sus individuos están marcados por las estructuras sociales. A estos individuos los definen como tal, su trabajo, sus relaciones personales y su actitud, rebelde o conformista, ante los sucesos de la vida, tanto individuales como colectivos. Es necesaria la implicación del individuo-artista en un arte militante puramente político, que no partidista, que intente cambiar las situaciones injustas. Un arte capaz de golpear al sistema de poder responsable de los problemas, de manera que cuyas únicas reacciones posibles sean o la rectificación o la censura. En el mejor de los casos se conseguiría una mejora social. En el peor, con la aparición de los censores, abríamos demostrado que la acción cultural posee parte en el cambio político y social, suponiendo una amenaza para los medios de poder, además de servir como testigo de una época.
En varias ocasiones a lo largo de la historia, la obra gráfica ha dejado constancia de muchos hechos. Son aquellos en los que se ofrecía una visión crítica los que de verdad han adquirido un valor histórico.

Otto Dix

Otto Dix "Tropas avanzando bajo el gas" (1924).

 

 En la mayoría de casos en los que los artistas se implicaron en una causa, o se enfrentaron al poder, no consiguieron su objetivo inmediato. Pero aún así en todos los periodos existen grabadores que se sublevaron, unos siendo grandes figuras y otros desconocidos que pese al anonimato creyeron en el cambio social a través de la cultura.
No podemos hacer aquí un repaso de todos los casos, pero si podemos resaltar algunos de los ejemplos más significativos. Callot, en el siglo XVII realizó sus grabados sobre la guerra mostrando la crudeza de esta.
En el siglo XVIII Hogarth realizó sus series de estampas en las que destripó la sociedad inglesa del momento caricaturizándola.
Goya con sus aguafuertes y aguatintas atacó a las jerarquías sociales y religiosas en sus series "Los Caprichos" y "Los Disparates". Tomó partido por los ciudadanos en la guerra contra los franceses con su serie "Los Desastres de la Guerra".
Ya en la segunda mitad del siglo XIX y de nuevo en Francia, encontramos las caricaturas de Daumier reproducidas por medio de la técnica litográfica, y publicadas en las revistas satíricas Le Charivari y Le Caricature. En estas atacaba y hacia responsables de todos los problemas del pueblo, al rey, a los jueces, a los legisladores y a las clases adineradas. Esto le costó el cierre de las dos revistas y el paso por la cárcel de él y del director y editor de las publicaciones. Aún así siguió en esta línea, utilizando tanto la litografía como la pintura y la escultura hasta su muerte.
En la década de los años veinte del siglo XX en Alemania destacó la obra gráfica crítica de Arntz, Otto Dix, Grosz o Scholz entre otros. Supieron criticar y caricaturizar a las clases pudientes, a los militares y a los gobernantes que vivían con todo tipo de lujos en la posguerra de la primera guerra mundial, mientras el pueblo no tenía nada que llevarse a la boca. Esto desembocó en la subida al poder de Hitler.
Aquí en España durante la guerra civil, muchos artistas abandonaron sus carreras, algunas de proyección internacional, para dedicarse a la elaboración de carteles y publicidad en defensa de la II República democráticamente elegida. Se realizaron campañas sanitarias, educacionales, de motivación en el trabajo, de llamamiento a filas, de levantamiento del ánimo para la lucha y de muchos otros temas. Este grupo amplísimo de artistas lo formaban nombres como Renau, Arturo Ballester, Bardasano, Helios Gómez, Lorenzo Goñi, José Morell, Parrilla, Vicente Ballester, Manuela Ballester, Luis Bagaria, García Escribá, Mauricio Amster, Juana/Francisca, Esteban Vega (Yes), Pedrero, Rivero Gil, Babiano, Joan Miró, Pere Català i Pic, entre muchos otros que completarían una lista amplísima. Como muestra de la implicación de los artistas españoles contra el fascismo tenemos el Pabellón español de la exposición de Paris de 1937. Realizado por los arquitectos José Luis Sert y Luis Lacasa, albergó obras de relevancia tales como el Guernica de Picasso, trabajos de Miró, Alberto, Gori Muñoz, Renau, Félix Alonso, Julio González, Pérez Contell, Calder, Bardasano, Helios Gómez y muchos más.

 

Bardasano

Bardasano: cartel (1938).

 

Tras la guerra la represión de las libertades, el aislamiento internacional y el intento de tapar todo lo que se había realizado con anterioridad, sumió al arte español en una oscuridad total. Solo con el fin del franquismo y la llegada de la transición política se volvería a producir un movimiento amplio de implicación social del arte. Abogando por la democracia y en contra del régimen dictatorial, Genovés, Canogar, Pacheco, Grupo Parpalló, El Paso, Equipo Realidad, o Equipo Crónica entre otros, se movilizaron y realizaron obra gráfica de temática política.
Todos estos ejemplos junto con otros artistas, son los pilares del mercado del arte. Hay que diferenciar a los diversos agentes y sus papeles dentro de este, para entender el por qué de la falta de apoyo a este tipo de trabajos.


Los museos de arte contemporáneo tienen la capacidad de oficializar el valor de una obra y consagrar al artista. Persiguen dos objetivos fundamentales, adelantarse a las novedades y conseguir colas interminables a sus puertas. Si para eso han de dejarse llevar por las modas y el populismo, se da apoyo a trabajos con un valor ficticio que a la larga no aportan nada.
Los bancos, empresas financieras y sus fundaciones, invierten en arte para obtener prestigio y beneficios fiscales. Estas empresas son las que ostentan el poder económico. Entran en colaboración con las instituciones públicas y condicionan los criterios de estas. Así las puertas de estas entidades del estado y las de las empresas se cierran para los artistas reaccionarios. La separación de estos dos tipos de entidades es necesaria para que las voces discrepantes tengan un hueco en los museos públicos de forma inmediata, y no décadas después de su contexto real.
Por otra parte los críticos que optan a comisariar las exposiciones organizadas por las fundaciones empresariales, se ponen al servicio de estas y ven condicionado su trabajo y su criterio.
Las ciudades utilizan a los museos para competir entre ellas, más con los edificios que con el contenido de ellos.
Las ferias de arte por su parte, son la herramienta que trasforma lo artístico en un producto meramente estético, y este en mercancía. Crean un espejismo estético que asombra al gran público no especializado, y proporciona escaparates para fotos institucionales.

 

Helios Gomez

Helios Gómez: cartel (1937).

 

En resumen, tenemos una exposición de un arte completamente pasajero que no intenta inquietar al poder económico y político. Que no aporta otra cosa que prestigio social y beneficio fiscal a una fundación. Que llena los museos de espectadores, que se preocupa más del número de visitas que de lo que estas han podido ver. Sirviendo así a los deseos de los responsables de una ciudad, que se gastaron una cantidad descomunal de dinero público para contratar a un arquitecto famoso, que diseñó un museo para atraer más gente al restaurante y la tienda de souvenirs, que a las salas de exposición.
La galería es el otro agente del mercado que puede trabajar a favor de una obra fundamentada. Cuando me refiero a galería, no hablo de esos comerciantes que cobran un alquiler por la sala al artista. Que marcan los precios en función del formato, y que exigen tendencias y estilos acordes a los parámetros marcados por las fundaciones. Hablo de profesionales que asumen riesgos.
El buen galerista por su parte es aquel que cumple con las funciones de su oficio. Selecciona la obra, la contrasta con profesionales y coleccionistas, realiza un seguimiento al artista y por último explica y vende dicha obra. Esta es la única opción que hoy en día le queda a la obra rebelde.
En el mundo del arte gráfico deberíamos abrir un foro sobre las temáticas y las implicaciones de la obra gráfica, paralelo al debate sobre las técnicas. Para ello sería interesante la implicación de todas las partes.
Por un lado los creadores deberían proponer acciones que supongan una ruptura llevando a cabo trabajos irreverentes que sacudan conciencias, y movilicen al espectador. Una respuesta a todas las barbaridades que se llevan a cabo en un mundo globalizado. Ya no hablamos de implicarnos en los temas más cercanos, que también, sino que los medios de comunicación nos permiten obtener información de cualquier hecho y cualquier lugar, así como divulgar a nivel mundial aquel mensaje que queramos trasmitir.


Por otro lado los encargados del mercado han de ver que si solo se sigue apostando por los artistas consagrados y por los trabajos vacios de discurso, llegará un día en que se les acabará el negocio de las grandes figuras y se quedarán con una oferta pobre que tendrá que competir con los fabricantes de cuadros para decoración. Si la obra se queda vacía de discurso y de valor histórico, basándose solamente en una estética superficial, y además incorporamos técnicas industriales a la producción de las estampas, estamos poniendo en bandeja a la industria de la decoración la posibilidad de copiar cualquier idea, cualquier técnica y cualquier estética, para reproducirla de forma masiva.
Llegados a este punto con la primera década del siglo XXI muy avanzada, las crisis económicas y sociales no deben influir solo en el mercado del arte, sino que deben generar un debate social en el mundo creativo, y un replanteamiento de la función social del arte gráfico. Debemos exigirnos como artistas y ciudadanos, ser capaces de generar trabajos que no hieran sensibilidades, pero que si las despierten.

 

 

Juan Pardo Rabadán.


Este artículo fue publicado también en la revista Grabado y Edición, nº23.



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